sábado, 26 de diciembre de 2009

Quiero ir allá,

aflojar las cuerdas del corazón
y que las velas de mi alto barco
se acomoden sinuosas
amplias en toda su extensión

para seguir yendo
más allá...
más allá...

domingo, 13 de diciembre de 2009

No hay paso para el barco que soy en esas aguas...
Mejor parar de rozar la panza en la arena.
Con una vez que haya que bajarse y empujar el bote hacia atrás es suficiente...
La corriente no fue suficiente...
Por este río no llegaré al mar...
De este río no saldré nunca,
simplemente dejaré abandonado el bote en su costado...

¿lo navegaba hacia arriba?
¿lo navegaba hacia abajo?
ya no sé...

El bote que hice con madera de su monte,
madera en su orilla
es de nuevo...

Bueno hubiese estado
para habérsela llevado,
a toda ella!
en ese bote
y haberlo arreglado barco...
para atravesar océanos
y estrellas...

porque si un río es ella...
precisamos de las estrellas...

miércoles, 9 de diciembre de 2009

La piedra prendida fuego

En esta vida
ser la piedra prendida fuego
jugando con el tiempo:
de que seré la piedra...
y fui creado por el fuego...

el fuego que justo en esta vida
sigo siendo
(luego ya seré
solamente, su reflejo...)

un pecho temblando

La enorme dimensión del mundo
hace que mi pecho tiemble
cuando te veo vivir…

si podré enfrentarme
a la amplitud de este
ancho mundo…
podré amarte
casi sin fronteras…


Desde la quietud de mi alma
de haber estado quieto, aquí y ahora…
siento que estoy a punto
de no poder soportar
verte vivir realmente…

sólo entonces, es necesaria
la fuerza de un amor
más fuerte

ese amor más fuerte
es la sensibilidad…
y haber hecho entender
al otro cuánto en serio
se ama y se ama a uno mismo…
cuánto eso es la propia vida…

cuán grande es la muerte…
cuán preciado
lo humilde de nuestro
corazón…

sábado, 5 de diciembre de 2009

Leopardo corazón

Y luego de que te veo a vos
(leopardo de oscuras pupilas)
asomarte sobre el abismo
de esta soledad
con tanto coraje…

sé amar esa fuerza que te impulsa
y busco, todavía estoy buscando
qué es lo que quiero, y
qué es lo que tengo.

¿Se puede buscar a quién amar?
yo sé que quiero alguien
con fuerza, libre, sin temor
sin temor a nada que no sea
lo que verdaderamente es el miedo…

y que seas poderosa
en el esfuerzo...
por buscar las ilusiones…

Veo que tu leopardo sube a la montaña
no tiene aferro en el río (porque sí)
se para adelante mío, subiendo,
y sabe mostrarme sus dientes
sin atacarme,

mi nombre es Pablo,
te amo, y si empiezo a amarte
quiero amarte…


Hay tantas cosas que somos,
que no quiero olvidar ninguna,
quiero solamente encontrar la piedra
en esta selva de cosas,
de ilusiones,
que somos.

Piedra, como piedra solo es la piedra…
un corazón también de piedra…
un corazón que no se parta…
un corazón que pueda ser lanzado…
(para volar)…

eso quiero ser… La piedra
que camina y se impulsa
prendida fuego
por el mundo.

domingo, 8 de noviembre de 2009

El dolor y la ilusión.

Hay algunos sentimientos que navegan con uno, si uno es el que navega… De una posición de navegante, hablo, física, sentimental, espiritual, intelectual, y hasta socialmente, en donde uno puede seguir siendo lo que es, indefinidamente. Es la idea de una evolución presente, es la idea real del tiempo. Es donde uno es, de su pasado, consciente, y consciente de su futuro: melancólico (hasta el solo justo grado) de su pasado e iluso (en el preciso sentido) de su futuro.

Son los sentimientos del dolor melancólico y los de la ilusión comprometida sentimentalmente.

Hay una forma de ser que tenemos comunitariamente. Es admitir nuestro pasado. Y conocerlo… mucho antes de poder admitirlo (ahora, es cierto que lo conocemos). Y entonces involucrarnos sentimentalmente con las ilusiones… Es el tirante y bello cabrestante de nuestras velas, que tensa tanto el mundo de ilusiones de las velas, en los aires, como uno ficticio (porque nos cuesta mucho imaginar) de unas quillas hacia lo profundo de las aguas de nuestro pasado. Ambas partes de nuestro cuerpo (sentimental, y en todos los aspectos) se mueven dentro de sus medios, el futuro y el pasado. Eso también es parte de la tensión del cabrestante de dos cuerdas… Algo que solemos llamar corazón.

Eso es navegar…

viernes, 6 de noviembre de 2009

Tarde apacible en el pueblo de la Abadía.

Buena era la tarde, sobre todo debido al sol en la abadía. Una golondrina jugaba revoloteando alrededor de la cruz, y el abad que estaba ocupado en sus deberes terrenales daba vuelta a la tierra en la quinta del sur de la iglesia.

Una mujer hermosa caminaba sobre la tierra negra, apretada. Sus anchas caderas, sus elevados muslos, sus férreos glúteos, todo iba sobre sus pasos deslumbrando a las serpientes que aturdidas inclinaban sus cabezas hacia atrás y se volvían entre los pastos.

Un niño, mitad despierto, y mitad en el gratuito disfrute de la vida, pasó en las ancas de un tractor, mirando a la señorita que no dejaba de caminar aunque ya estuviera llegando al pueblo. Su padre nombró a alguien, a quién el niño no reconoció, y dio por olvidada la conversación mientras el andar del camino le distraía de más historias de las que sería capaz de imaginar en una hora entera. El niño volvió a sonreír cuando la rueda opulenta del tractor pasó al lado de una hormiga que en la enorme diferencia de todo, se quedó quieta.

En la casa del pelado artista, sonaba un piano, desafinado además de ser tocado de manera inusada. En la ventana una rosa, ya cabizbaja y marchita de la savia de la tarde anterior, profundizaba su olor al sol… y parecía estar escuchando la canción. En la ventana, atravesando su espacio abierto, se sacudían las ropas blancas del hombre que también se limpiaba sus propios calzones, como se cocinaba, o mantenía la casa en gran parte limpia.

Al llegar al pueblo, la mujer, el verdulero sufrió un pequeñísimo infarto que más bien le produjo que mal (de algún modo extraño re irrigó de una nueva manera su corazón), al agacharse detrás del cajón de las frutillas, porque una se había caído y no quería volver a la luz de la humilde pero muy bien iluminada verdulería. El esbozo de profundo coqueteo se prolongó sostenidamente, mientras esas mismas caderas se movieron tanto de un lado para el otro como desde abajo hacia arriba, descansando su propio peso en una o en otra porción de las propias carnes.

No era carnicería a lo que el verdulero quería dedicar su vida, pero en los ojos algo le brilló y un colmillo, también, bajo el reluciente reflujo de las cáscaras de los duraznos iluminados por el sol. De su asiento se recuperó y sin saber cómo, hasta un costado de la mujer hermosa llegó, no se agachó pero hizo el amague, le ofreció ayudarla y se quedó parado observando los árboles de la calle que justo pasaban por allí.